Los 50 años del transatlántico Queen Elizabeth II

El barco trasladó pasajeros y soldados durante la Guerra de las Malvinas.

Artículo por: Victor Figueroa   -   22/09/2017

Era el 20 de septiembre de 1969 y una multitud veía cómo 65.863 toneladas se dejaban caer en las aguas del río Clyde en Escocia. El Queen Elizabeth II se disponía a navegar por primera vez. Este transatlántico, que fue bautizado con el nombre de la actual monarca inglesa, fue uno de los barcos insignias de la corona y por 39 años sirvió como crucero, y también como transporte de soldados ingleses durante la Guerra de las Malvinas. Hace unos días cumplió 50 años y hoy se encuentra en Dubái.

Con cinco restaurantes, dos cafés, tres piscinas, un cine, un hospital y un casino, el Queen Elizabeth II tenía capacidad para 1.892 pasajeros y 1.040 tripulantes. Fueron 800 viajes los que realizó desde Southampton hasta New York, donde cada una de sus travesías ofrecía una experiencia única de viaje.

Sus 293 metros de largo hicieron que este barco fuera un emblema de la corona británica, un símbolo de lujo y tecnología. Podía alcanzar hasta los 28.5 nudos de velocidad. Durante cuatro décadas hombres y mujeres de todo el mundo realizaron en él el mismo recorrido que en 1912 realizó fallidamente el Titanic.

De todos los viajes realizados por el transatlántico, uno de los más recordados fue el servicio que prestó durante la Guerra de las Malvinas en 1982. El color gris remplazó el blanco, azul y rojo del casco y su cubierta recibió a 3.000 soldados que viajaron por el Atlántico para defender la isla que, hasta el día de hoy, sigue siendo colonia británica.

Con el cese del conflicto, el barco recobró sus colores, pero no así sus pasajeros. Cada vez eran menos los que usaban este tipo de transporte. No solo la oferta de vuelos era más conveniente en cuanto al precio y rapidez, también aparecieron nuevas embarcaciones que dejaban obsoleto el también llamado Q2.

Las luces del transatlántico se apagaban y por lo mismo, cuando inversionistas de los Emiratos Árabes ofrecieron comprar el navío para transformarlo en un hotel, los directores de la empresa Cunard no lo pensaron dos veces. El puerto de Southampton, el mismo del cual zarpó durante cuarenta años, despedía al barco que partía hacia un nuevo destino a Dubái. Aún sigue ahí, pero por sobre su cubierta no se ven pasajeros ni tampoco huéspedes del supuesto hotel: solo deambulan los fantasmas de aquellos que en alguna oportunidad viajaron en él.  

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